#casicuento: Siglo XXI

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El hombre desubicado no encontraba su camisa de leñador.

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#retratocorto: Anillo de pedida

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– ¡Entremos aquí un momento, amor!

– ¿Otra vez? – pregunté, asqueado; no porque no me gustase la tienda, sino porque tenía ganas de llegar al restaurante.

Laura cogió mi mano y me obligó a entrar.

Iba a conocer a sus padres. Después de insistir durante semanas lo había conseguido. Llevábamos seis meses viviendo juntos y creía necesario formalizar la relación; era algo parecido a una boda. No creo en esas grandes celebraciones en las que dos personas se juran amor eterno delante de Dios y una tropa de amigos y conocidos que acaban como cubas, con las corbatas anudadas en la cabeza. Prefiero algo discreto; una comida con los padres en la que uno intenta mostrarse merecedor de su confianza. Con eso me basta.

Aún no le había pedido matrimonio, pero eso ya vendría después. No quería tardar mucho; una semana. Tenía que ser algo especial, divertido. Nada serio. Hacerla reír. Quería que Laura se lo pudiera contar a sus amigas con una sonrisa, orgullosa de su novio. No me bastaba con la típica cena, en un restaurante, con la tenue luz de las velas iluminando a dudas penas nuestros platos. En esos sitios con tan poca luz, uno teme clavarse el tenedor en el ojo cuando va a ponerse un pedazo de pizza en la boca. Tenía que ser algo distinto, hortera pero con gracia.

Como siempre que entrábamos en esa tienda, empezamos a jugar. Era la típica franquicia que comercializaba artilugios tan pintorescos como económicos, donde podías encontrar de todo, desde unas gafas de sol a un sazonador de pollo, pasando por mil y un juguetes de madera y material de oficina. Chorradas inservibles, en su mayoría.

En uno de los pasillos encontré, colgado de la pared, el anillo de pedida perfecto: de silicona, rojo, con un botón que encendía unas lucecitas parpadeantes de colores. Se lo podía pedir en el zoológico: arrodillarme delante de la jaula de los monos y, delante de un grupo de escolares, sacar el anillo luminoso y pedirle que se casara conmigo. Podría comprarlo algún día de esa semana, cuando saliera del trabajo.

Laura se acercó a mí y disimulé. ¡Maldición! Cogió el anillo y me lo enseño.

– El novio de Cristina le pidió matrimonio con un anillo de estos.

– Seguro que no se lo pidió delante de la jaula de los monos…

 

#retratocorto: Sábado Noche

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Después de que el hijo se marchara, el padre cenó, vio un poco la televisión y se acostó.

La madre no tardó en seguirlo. Lo encontró leyendo un libro y escuchando el resumen de los partidos disputados en la jornada. No le preguntó qué leía, ni si podía leer escuchando la radio.

El padre no le dijo nada. No le preguntó por qué no se compraba un pijama o un camisón, en vez de reutilizar las camisetas 3XL de propaganda de la perrera municipal.

La madre le pidió si puedes hacer el favor de ponerte los cascos. Con un no me toques los cojones cariñoso el padre rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y se los puso.

Permanecieron en la cama una hora o un poco más. La madre puso la televisión y vio un reality. El padre se percató que había leído más de diez páginas sin enterarse de nada; miró el pequeño reloj digital que había en su radio: las 00:00. Imaginó que el hijo estaba por los postres, o tomando una copa o una caña o decidiendo en qué discoteca entrar.

La madre seguía mirando la televisión. De momento no pensaba en el hijo. El programa la distraía más que la entretenía.

El padre dejó el libro encima de la mesilla y se acostó dejando los auriculares clavados en sus orejas. La madre no apagó la televisión; cerró los ojos e intentó usarla como somnífero.

Dos horas más tarde, el padre no se despertó por culpa de la televisión encendida, ni del dolor de los auriculares clavándose en sus orejas, porque todavía estaba despierto. Se levantó y apagó la televisión.

La madre protestó con un no la apagues que la estoy viendo. Sí, con los ojos cerrados, farfulló el padre, y salió de la habitación.

En el comedor hacía frío. Como si la oscuridad lo convirtiera en una habitación no muy distinta a cualquier otra. El padre se sentó en su sillón de padre y encendió la lámpara que suelen usar los padres para leer libros de padre; de Noah Gordon, por ejemplo. Esta vez lo leyó. Le dio pereza volver al dormitorio a por Los tontos mueren. Encendió el televisor y puso una de esas pelis en blanco y negro que no son francesas. Una de Humphrey Bogart, por ejemplo, pero no Casablanca.

La madre seguía con los ojos cerrados. No dormía. Pensaba que el hijo salía demasiado. Los jueves llegaba tarde porque había quedado para cenar. Los viernes y los sábados solía llegar a las cinco o a las seis o a las diez de la mañana porque se había quedado dormido en casa de su amigo que estudia arquitectura y es muy buen muchacho.

La madre había dejado de estar preocupada por la ruptura del hijo con la chica que es abogada y trabaja de camarera mientras no le sale trabajo de lo suyo. Se los veía felices, pero ya se sabe cómo somos las mujeres, cada vez aguantamos menos y está bien pero no creo que sea para tanto; cada uno tiene sus cosas.

El padre planeó el domingo: paseo, vermú con los vecinos en el bar de abajo, no pasa nada si comemos a las tres y media y volver al bar de abajo, solo, para ver el partido de baloncesto.

La madre apareció en la sala: ¿no duermes? La pregunta pretendía significar algo más; era evidente que el padre llevaba más de una hora viendo la película en blanco y negro que no es francesa.

Estas son de las que le gustaban a tu padre, dijo mientras la madre se sentaba en el sofá de al lado de la butaca de padre del padre.

Terminaron de ver la película en blanco y negro que no es francesa. El padre apagó la televisión que dos años antes habían comprado en el centro comercial de las afueras, donde pudieron aparcar sin problema.

Permanecieron en silencio no más de un minuto antes de que la madre preguntara ¿nos vamos a la cama? Como si quisiera preguntar ¿no tienes sueño?

Miraron el reloj. El hijo debe estar por el sexto cubata y llegará borracho como siempre. Sin saber lo que pensaban, pensaban lo mismo. Y la conclusión era la misma: a ver si conoce a otra y no sale tanto. Cuando tienes novia o pareja o prometida o como se le diga ahora no sales tanto. No apetece. Hay más cosas que salir un sábado por la noche y un viernes y los jueves llegar tarde porque has quedado para cenar.

¿Cuándo encontrará trabajo? Preguntó la madre queriendo decir lo que estaba diciendo. Paciencia, contestó el padre queriendo decir que tarde o temprano, es un buen chico aunque salga y vuelva a las horas que vuelve; cuando quiere es responsable.

En ocasiones como estas, en el teatro o en las películas, los actores solían suspirar; ellos no lo hicieron porque ningún decorado de ninguna película se parece a un salón que podría ser cualquier otro.

La madre miró al padre y pensó que aún me sigue atrayendo, pero no lo pensó con deseo. Lo pensó desde la parte del cerebro donde nacen las verdades.

El padre pensó lo mismo. La idea de hacer el amor le rondó por la cabeza unos cuarenta segundos pero el ruido metálico de los engranajes del ascensor lo distrajo: debe ser él.

No es él; aún es temprano, le dijo la madre al ver al padre esperando el tintineo de las llaves en la puerta. Es como si viviera una segunda adolescencia, ¿no crees?

El padre pensó que quizás es una primera adolescencia porque cuando era adolescente no le dejábamos salir, decía que no le gustaba salir, aunque, igualmente, no le hubiéramos dejado salir porque no queríamos que llegase hasta las tantas, borracho.

Se ha llevado los condones, comentó la madre. No le registres la mesilla de noche.

Nunca lo habían visto volver con una chica a casa. Aunque suponían que cuando no volvía porque se quedaba a dormir a casa de un amigo, no le conoces, es porque estaba en casa de alguna chica que acababa de conocer o que debía llevar semanas rondando y quedando para cenar los jueves.

Esta vez el sonido del ascensor no los distrajo. Eran las tres de la mañana. Faltaban dos horas para que volviera. Una cosa no llevó a la otra y acabaron estrenando el sofá que compraron en la tienda de la esquina, hacía más de tres años.

La camiseta 3XL de propaganda de la perrera municipal estaba en el suelo, junto a las zapatillas de andar por casa y la lámpara que usan los padres cuando leen libros de Arturo Pérez-Reverte.

Volvió a sonar el ascensor. Se vistieron a toda prisa, no porque pensaran que venía el hijo, sino porque hacía frío en ese salón que podría ser cualquier otro.

Volvieron a la cama y durmieron haciendo la cucharita. Aunque ellos no sabían que hacían la cucharita. Ellos no usaban esa palabra que su hijo sí usaba. Tampoco la escucharían nunca, porque nunca surgiría una conversación en la que el hijo dijera he dormido con la chica que es camarera porque dejó Bioquímica.

El hijo llegó. Borracho. Con 5 números de teléfono más en la lista de contactos de su teléfono móvil. Cinco posibilidades de cenar un jueves y follar un viernes, o un sábado, o el mismo jueves en casa de ella porque ni de coña me acuesto con una chica con mis padres durmiendo en la habitación de al lado.

#retratocorto: El privilegio de estar vivo

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Alberto era el típico tío que, cuando el metro se acercaba a toda velocidad, cerraba los ojos por si alguien se tiraba a la vía. Uno de sus objetivos vitales era no ver muertos y, por consiguiente, esto implicaba no ver morir a nadie.

A las nueve de la noche el metro estaba abarrotado. Incómodo Alberto leía un libro sentado al lado de la ventana y sólo levantaba la vista para mirar en qué parada estaba o para echar una mirada a las piernas de alguna pasajera. No le interesaban mucho las chicas pero aún sentía la necesidad de mirarlas y de saberse deseado por ellas. Hacía un año que no le apetecía salir con los amigos. Prefería pasar los fines de semana leyendo o mirando películas que descargaba de forma ilegal en Internet. En más de una ocasión se había sentido tentado de entrar a alguna página de contactos y chatear con alguna desconocida, pero no se atrevía a ser rechazado una vez más y no le apetecía tener que pasar frío en una terraza de la ciudad contando su vida a una desconocida para conseguir un rato de sexo y de cariño. Había aceptado que su vida amorosa se limitaba a un par de llamadas mensuales a la línea erótica. Casi nunca se masturbaba; sólo hablaba con las chicas y les contaba su vida. Algunas veces les pedía que fingieran ser su novia y ellas obedecían encantadas de no tener que decir guarradas; los clientes que estaban solos y tristes eran los que dejaban más dinero.

Minutos antes de llegar a su parada, Alberto guardó el libro en el bolsillo de la chaqueta y caminó entre los pasajeros hasta llegar a la puerta. Desde esa posición pudo ver a una chica leyendo un libro, sentada un banco del andén. A sus pies tenía una mochila abierta de la que sobresalía la carpeta de una universidad. Alberto no pudo evitar un sentimiento de compasión simpática por ella: el también había ido a la universidad aunque nunca había trabajado de lo que había estudiado. Por muchos currículos que hubiera enviado, ninguna agencia de publicidad se había interesado por su creatividad. Había intentado asistir a fiestas y a festivales donde poder conocer a gente que lo introdujera en el mundillo, pero su escasa habilidad para las relaciones sociales lo había condenado al ostracismo profesional. Alberto volvió a mirar a la chica: pelirroja… ojos verdes… piel blanca… delgada… casi huesuda… Alberto fantaseó con la idea de acercarse a ella y decirle lo guapa que era, pero no se atrevió. Por muchos Blogs que leyera sobre Seducción y Habilidades Sociales nunca había logrado reunir el valor necesario para pasar de la teoría a la práctica, del dicho al hecho, del libro al lecho.

Al abrirse la puerta, Alberto salió contemplando a la pelirroja que se apresuraba a cerrar su mochila y no perder el metro. De un empujón, la pelirroja apartó a Alberto que se había quedado embobado mirándola como se miran los pasteles de una pastelería cara. Alberto se giró para contemplarla por última vez y pudo ver cómo, de su mochila mal cerrada, el libro caía al suelo. Se agachó para coger el libro y pensó en quedárselo, pero el miedo a ser juzgado por la gente que pasaba por el andén lo forzó a levantar la cabeza y buscar a la pelirroja para devolvérselo.

— ¡Disculpa! Se te ha caído el libro. — Alberto no consiguió su atención. Otro pasajero tuvo que advertirle a la pelirroja de la presencia de Alberto, que sostenía nervioso el libro en la mano.

La pelirroja miró a Alberto extrañada y al ver que llevaba su libro entre las manos sonrió e intentó traspasar la turba de pasajeros que, cansados de un largo día de trabajo, entraban al vagón. Sintiéndose como un estorbo en medio de la puerta, Alberto entró al vagón para liberar la entrada y poder entregar libro.

— Muchas gracias. — le dijo la pelirroja con indiferencia mientras devolvía el libro al interior de la mochila.

Un pitido rápido, intermitente y agudo anunciaba el cierre de las compuertas y vagón que se cerró camino a la próxima parada.

Avergonzado por la situación, Alberto miró a todos los asistentes del vagón que, indiferentes, lo ignoraban en silencio. Ni la pelirroja se había percatado del incidente; estaba demasiado concentrada en que su mirada no encontrase la de otro pasajero para no generar una situación incómoda en la que los dos hubieran tenido que apartar la vista de inmediato.

A la espera de la llegada a la siguiente estación, Alberto sintió la oportunidad que había esperado en años. La excusa perfecta y orgánica para hablar con una chica sin que pareciera que estaba ligando con ella.

— Me he quedado encerrado. Tendré que esperar a la siguiente parada.

La pelirroja intento forzar una pequeña sonrisa forzada que no dejó ni ver un renglón de dientes y que Alberto interpretó como un pequeño triunfo cotidiano. Envalentonado por la triste te sonrisa que había provocado en él una subida de adrenalina parecida a la que sienten los paracaidistas o los pervertidos a la puerta de una guardería, Alberto pensó en una táctica original para aumentar sus probabilidades de éxito. Contempló la idea de hacerse el gracioso pero la cuestión no era hacer reír o no; le parecía evidente que el humor era la puerta trasera del amor; la cuestión fundamental era qué tipo de humor usar. Existía el humor blanco, el negro, el ácido…

— Mi abuelo nació mucho después que mi padre, motivo por el cual no llegó a anciano. — Alberto optó por el humor absurdo.

Con un pequeño gesto instintivo la pelirroja se aferró a su mochila,incómoda, e hizo sentir a Alberto como un vulgar carterista o, peor aún, como alguien que teme ver muertos.

#retratocorto: Gintonic

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No era difícil aparcar en ese barrio por la noche; la zona quedaba desierta al finalizar la tarde. Los oficinistas se metían en sus coches y se marchaban a casa dejando las calles deshabitadas hasta la mañana siguiente. Sólo quedaban los sintecho. Los vagabundos tomaban las avenidas principales y usaban como dormitorio los portales de las oficinas, los cajeros y los parques de los alrededores donde los empleados tomaban café en vasos de cartón.

Un vagabundo se sentó cerca de mi coche, en el portal de una gestoría. Estaba solo. Nadie lo echaría de menos. Nadie acudiría a la policía para denunciar su desaparición. Nadie sospecharía de mí. Uno menos. Esas personas y yo no teníamos ninguna conexión. Podía ser yo u otro el que los matase. No era nada personal, negocios. No los odiaba. Me daban igual. Cuando pasaba por su lado, en la calle, los ignoraba como hacía todo el mundo. No los quería mirar a la cara porque sabía que no había tanta diferencia entre nosotros, las personas corrientes, y ellos. Gente con mala suerte. Todos podíamos acabar allí. Bastaba con cometer unos cuantos errores seguidos, caer en el pozo y no tener fuerzas para seguir. Muchas veces, cuando los veía al sol, sentados en los bancos de los jardines los envidiaba y pensaba que yo también quería vivir así. Pero tenía una familia a la que mantener. Mi mujer tenía gustos caros y mis chicos estaban a punto de entrar en la universidad. No podía permitirme el lujo de hacer lo que me viniera en gana. Tenía que trabajar. Abrir el bar a la siete de la tarde y cerrar a las dos de la madrugada. El negocio iba bien; estaba de moda. Mi local se había convertido en el número uno de las webs de tendencias. Buen ambiente, buena música, buenas copas. Cada jueves había concierto. Algún cantautor moderno venía con su guitarra y tocaba unas cuantas canciones mientras la gente disfrutaba de su música y de mis combinados. Pero lo que ahora está de moda mañana no lo está y, quería hacer el máximo dinero posible hasta que vinieran las vacas flacas.

Salí del coche con una soga en la mano y lo estrangulé. El hombre forcejeó a duras penas. Desnutrido como estaba no tenía fuerzas ni para luchar, o quizás no quería luchar; era la suerte que le había tocado vivir. Me consolaba pensando que les hacía un favor; los borraba de un mundo que los había expulsado. Arrastré el cadáver hasta mi coche y lo metí en el maletero. Volví al asiento del conductor y conduje hasta el almacén donde guardaba las existencias del bar. Allí los descuartizaba y los hacía añicos con un hacha. La tarea me llevaba un par de horas. Reducía sus cuerpos a trozos del tamaño de mi puño. Seguidamente los hervía en una olla hasta que la carne se desprendía de los huesos que posteriormente dejaba secar. Una vez desecados, los trituraba hasta que quedaba una especie de sal grisácea. Ese era mi secreto; sal de huesos. Ninguno de mis clientes sabía el ingrediente secreto de mis gintonics; la clave de mi éxito.