#retratocorto: El hombre del silbato

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Trabajábamos a toda leche. Debíamos entregar un trabajo en un par de horas y no teníamos mucho más tiempo que perder que el que requiere ir a la máquina de agua para beber un poco y volver a la carga.

Llegó la hora. Fin. Acabamos. A tomar por el culo. Imprimir, ensobrar y entregar. No habíamos salido camino al bar y ya teníamos el sabor de la cerveza fría en el gaznate.

¡Se jodió la impresora! No tenía ni cinco semanas de vida y ya nos estaba dando problemas como su predecesora que, por cierto, descansaba desenchufada a su lado, gozando de una larga espera que concluiría en el conteiner de la esquina, el día que nos dignáramos a sacarla a cuestas.

Miramos nuestros relojes para cerciorarnos de que, por el momento, el pánico no debía cundir. Telefoneamos al informático que nos la había vendido y asegurado, en un marcado acento francés, que “este cacharro es un tanque”, pero no contestaba. Su acento desquiciante anunciaba en su contestador que su horario de trabajo había finalizado y que hasta el día siguiente “a las diez de la mañana” no podíamos contactar con él.

Nosotros, si no conseguíamos imprimir como fuera el prototipo de la revista, a las nueve de la mañana estaríamos despedidos; de eso estábamos seguros. Probamos de imprimir con la impresora antigua pero seguía imprimiendo mal, sus vacaciones no la habían reparado.

El pánico empezaba a cundir. A esa hora de la noche no había ninguna copistería abierta; sus dueños deberían estar sentados en el sofá de sus pisos de alquiler, viendo algún concurso o friendo libritos de lomo con queso.

Pensamos en llamar a alguna otra agencia de publicidad para que nos echara un cable pero, decidimos abstenernos para no airear nuestros trapos sucios y para no saltarnos a la torera el contrato de confidencialidad que nuestros jefes habían firmado con el cliente.

No nos quedó más remedio que ir andando a casa del informático para pedirle que nos hiciera el favor de venir a la oficina y arreglar la impresora.

El informático nos abrió el portal de la calle y subimos a su estudio de treinta metros cuadrados. Mientras mi compañero de trabajo le exponía atropelladamente la situación, no puede evitar fijarme en que en la televisión estaban emitiendo un concurso y en que olía a fritanga.

¡Aceptó! Pensaba que nos iba a mandar a la mierda pero no. Con una sonrisa en los labios nos dijo que nos acompañaba hasta la agencia y que “estas máquinas son un tanque, seguro que lo arreglamos en un periquete”. La palabra periquete sonó estúpida envuelta con su acento de camarero de película en blanco y negro.

Antes de salir, una vez hubo apagado la televisión y la luz, el informático cogió un silbato que tenía en un cajón y se lo colgó al cuello. Miré a mi compañero esperando que hubiera advertido el detalle pero, no advertí en él ninguna cara de extrañeza al ver que el informático se colgaba un silbato del cuello antes de salir.

Durante todo el camino, de no más de cuatro calles no muy empinadas, estuve mirando el silbato. Inspeccioné su cara. Era un chico rubio, de ojos azules y, por las arrugas de su cara, deduje que debía tener más de treinta años y menos de cincuenta. Me pareció buen tipo. Tenía un aspecto atlético, de deportista; por su forma de vestir, parecía que no le importaba demasiado lo que los demás pensaran de él.

Mientras trasteaba el ordenador, intentando arreglar la impresora, no paré de preguntarme para qué quería el silbato que, cada vez que se agachaba hacia la máquina, se le movía como un péndulo, hipnotizando mi curiosidad.

No sabría decir en cuanto tiempo arregló la impresora. Solo sé que, mientras me contaba en qué consistía la avería, intenté mirarle a los ojos evitando que mis instintos me forzaran a mirar un palmo por debajo de su barbilla, donde estaba el silbato.

Aunque intentó convencernos de que “no hace falta que me acompañéis, vivo aquí al lado”, acabamos convenciéndolo. De vuelta a su casa intenté preguntarle porqué llevaba un silbato colgando pero no me atreví; lo llevaba con tanta naturalidad que la pregunta me pareció estúpida.

Nos despedimos de él, en el portal de su bloque, con la típica conversación de “estas máquinas son un tanque pero hay que saber qué divers instalar”. Él y el silbato subieron a ese estudio de treinta metros cuadrados que olía a libritos de lomo con queso.

Para no fallar en la entrega, y como no quedaba muy lejos de la agencia ni de mi casa, decidí desconfiar de los servicios de entrega y me fui andando a las oficinas del cliente para dejarle la revista en el buzón.

Las calles estaban vacías; de vez en cuando, se escuchaba el sonido de algún televisor que se escapaba, junto con una tenue luz azul, por algunas ventanas abiertas de las viviendas.

¡Piiiiiiiiiiiiii! Lo escuché justo al dejar la revista en el buzón. Era un silbato. Permanecí quieto a la espera de volverlo a escuchar. Afiné el oído hasta que me pareció que me quedaba sordo.

Nada. Volví a casa andando, atento por si volvía a escuchar el silbato y, cuando pasé por delante del edificio del informático, me detuve y alcé la vista. Las persianas estaban bajadas.

Esperé unos minutos. Quizás no estaba en casa y había salido otra vez con el silbato. Pero, ¿a qué? ¿A qué había pitado? ¿Para qué? Estuve tentado en llamar al telefonillo pero me pareció evidente que no era una buena idea y la desestimé.

Durante el trayecto que separaba mi casa de la del informático no escuché ningún silbato. Me metí en la cama con mil preguntas sobre el silbato y sus posibles usos. Cuantas más vueltas le daba más ganas tenía de olvidarme del tema hasta que, pasadas un par de horas de insomnio ¡piiiiiiiiiiiii!

 

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