#retratocorto: Sábado Noche

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Después de que el hijo se marchara, el padre cenó, vio un poco la televisión y se acostó.

La madre no tardó en seguirlo. Lo encontró leyendo un libro y escuchando el resumen de los partidos disputados en la jornada. No le preguntó qué leía, ni si podía leer escuchando la radio.

El padre no le dijo nada. No le preguntó por qué no se compraba un pijama o un camisón, en vez de reutilizar las camisetas 3XL de propaganda de la perrera municipal.

La madre le pidió si puedes hacer el favor de ponerte los cascos. Con un no me toques los cojones cariñoso el padre rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y se los puso.

Permanecieron en la cama una hora o un poco más. La madre puso la televisión y vio un reality. El padre se percató que había leído más de diez páginas sin enterarse de nada; miró el pequeño reloj digital que había en su radio: las 00:00. Imaginó que el hijo estaba por los postres, o tomando una copa o una caña o decidiendo en qué discoteca entrar.

La madre seguía mirando la televisión. De momento no pensaba en el hijo. El programa la distraía más que la entretenía.

El padre dejó el libro encima de la mesilla y se acostó dejando los auriculares clavados en sus orejas. La madre no apagó la televisión; cerró los ojos e intentó usarla como somnífero.

Dos horas más tarde, el padre no se despertó por culpa de la televisión encendida, ni del dolor de los auriculares clavándose en sus orejas, porque todavía estaba despierto. Se levantó y apagó la televisión.

La madre protestó con un no la apagues que la estoy viendo. Sí, con los ojos cerrados, farfulló el padre, y salió de la habitación.

En el comedor hacía frío. Como si la oscuridad lo convirtiera en una habitación no muy distinta a cualquier otra. El padre se sentó en su sillón de padre y encendió la lámpara que suelen usar los padres para leer libros de padre; de Noah Gordon, por ejemplo. Esta vez lo leyó. Le dio pereza volver al dormitorio a por Los tontos mueren. Encendió el televisor y puso una de esas pelis en blanco y negro que no son francesas. Una de Humphrey Bogart, por ejemplo, pero no Casablanca.

La madre seguía con los ojos cerrados. No dormía. Pensaba que el hijo salía demasiado. Los jueves llegaba tarde porque había quedado para cenar. Los viernes y los sábados solía llegar a las cinco o a las seis o a las diez de la mañana porque se había quedado dormido en casa de su amigo que estudia arquitectura y es muy buen muchacho.

La madre había dejado de estar preocupada por la ruptura del hijo con la chica que es abogada y trabaja de camarera mientras no le sale trabajo de lo suyo. Se los veía felices, pero ya se sabe cómo somos las mujeres, cada vez aguantamos menos y está bien pero no creo que sea para tanto; cada uno tiene sus cosas.

El padre planeó el domingo: paseo, vermú con los vecinos en el bar de abajo, no pasa nada si comemos a las tres y media y volver al bar de abajo, solo, para ver el partido de baloncesto.

La madre apareció en la sala: ¿no duermes? La pregunta pretendía significar algo más; era evidente que el padre llevaba más de una hora viendo la película en blanco y negro que no es francesa.

Estas son de las que le gustaban a tu padre, dijo mientras la madre se sentaba en el sofá de al lado de la butaca de padre del padre.

Terminaron de ver la película en blanco y negro que no es francesa. El padre apagó la televisión que dos años antes habían comprado en el centro comercial de las afueras, donde pudieron aparcar sin problema.

Permanecieron en silencio no más de un minuto antes de que la madre preguntara ¿nos vamos a la cama? Como si quisiera preguntar ¿no tienes sueño?

Miraron el reloj. El hijo debe estar por el sexto cubata y llegará borracho como siempre. Sin saber lo que pensaban, pensaban lo mismo. Y la conclusión era la misma: a ver si conoce a otra y no sale tanto. Cuando tienes novia o pareja o prometida o como se le diga ahora no sales tanto. No apetece. Hay más cosas que salir un sábado por la noche y un viernes y los jueves llegar tarde porque has quedado para cenar.

¿Cuándo encontrará trabajo? Preguntó la madre queriendo decir lo que estaba diciendo. Paciencia, contestó el padre queriendo decir que tarde o temprano, es un buen chico aunque salga y vuelva a las horas que vuelve; cuando quiere es responsable.

En ocasiones como estas, en el teatro o en las películas, los actores solían suspirar; ellos no lo hicieron porque ningún decorado de ninguna película se parece a un salón que podría ser cualquier otro.

La madre miró al padre y pensó que aún me sigue atrayendo, pero no lo pensó con deseo. Lo pensó desde la parte del cerebro donde nacen las verdades.

El padre pensó lo mismo. La idea de hacer el amor le rondó por la cabeza unos cuarenta segundos pero el ruido metálico de los engranajes del ascensor lo distrajo: debe ser él.

No es él; aún es temprano, le dijo la madre al ver al padre esperando el tintineo de las llaves en la puerta. Es como si viviera una segunda adolescencia, ¿no crees?

El padre pensó que quizás es una primera adolescencia porque cuando era adolescente no le dejábamos salir, decía que no le gustaba salir, aunque, igualmente, no le hubiéramos dejado salir porque no queríamos que llegase hasta las tantas, borracho.

Se ha llevado los condones, comentó la madre. No le registres la mesilla de noche.

Nunca lo habían visto volver con una chica a casa. Aunque suponían que cuando no volvía porque se quedaba a dormir a casa de un amigo, no le conoces, es porque estaba en casa de alguna chica que acababa de conocer o que debía llevar semanas rondando y quedando para cenar los jueves.

Esta vez el sonido del ascensor no los distrajo. Eran las tres de la mañana. Faltaban dos horas para que volviera. Una cosa no llevó a la otra y acabaron estrenando el sofá que compraron en la tienda de la esquina, hacía más de tres años.

La camiseta 3XL de propaganda de la perrera municipal estaba en el suelo, junto a las zapatillas de andar por casa y la lámpara que usan los padres cuando leen libros de Arturo Pérez-Reverte.

Volvió a sonar el ascensor. Se vistieron a toda prisa, no porque pensaran que venía el hijo, sino porque hacía frío en ese salón que podría ser cualquier otro.

Volvieron a la cama y durmieron haciendo la cucharita. Aunque ellos no sabían que hacían la cucharita. Ellos no usaban esa palabra que su hijo sí usaba. Tampoco la escucharían nunca, porque nunca surgiría una conversación en la que el hijo dijera he dormido con la chica que es camarera porque dejó Bioquímica.

El hijo llegó. Borracho. Con 5 números de teléfono más en la lista de contactos de su teléfono móvil. Cinco posibilidades de cenar un jueves y follar un viernes, o un sábado, o el mismo jueves en casa de ella porque ni de coña me acuesto con una chica con mis padres durmiendo en la habitación de al lado.

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